Han pasado algunos días desde que Manuel se dio cuenta del hoyo en el
que había caído, pero aún no logra vislumbrar una salida. Se siente perdido,
solitario y asolado por la pérdida de todo cuanto tenía y amaba: la
creatividad, su imaginación, al amor de su vida, la pasión por escribir y, en
menor medida, bastante dinero.
Durante varias noches, el pobre hombre transformó al alcohol en su
única compañía, ya que no sabía a quién más recurrir. Le avergonzaba recurrir a
su familia, y sentía que, de alguna forma, había ahuyentado a sus amigos (los
de verdad, no los de cartón que sólo se aprovecharon de su fugaz éxito), por lo
que tampoco podía ir con ellos a llorar sus penas.
A Manuel le resultaba difícil de explicar como había llegado a
transformarse en un despojo de lo que alguna vez fue, pero era aún más difícil
comprender el por qué no hacía el más mínimo esfuerzo por levantar cabeza.
Cuando decidió intentar regresar con Gloria sintió algo parecido a una renovada
determinación, pero ésta se esfumó rápidamente con el correr de los días. Ni
siquiera se había animado a escribirle un mísero correo electrónico. Sólo se
contentaba con mirar las fotografías de ambos que estaban guardadas en su
computador y lamentarse por haberla perdido. Y con ella haber perdido todo.
En el pasado los sueños fueron una constante fuente de inspiración
para Manuel, pero como últimamente se acostaba borracho, éstos no llegaban con
facilidad. Incluso eso lo había abandonado. Sin embargo, un día se cansó de
andar lloriqueando y deambular por su departamento y decidió dormir temprano,
dejando su insana rutina de beber cada tarde hasta perder por completo la
sobriedad. Es extraño afirmar si de eso salió algo bueno o no, pero el caso es
que tuvo un sueño. No fue grato, la verdad, pues en éste algo malo les ocurría
a él y a Gloria, pero curiosamente le produjo un cambio positivo al despertar,
tal vez por el simple hecho de poder recordar un sueño, aun cuando hubiese sido
una pesadilla.
Aquel día, cansado de intentar en vano dar vida a un nuevo escrito,
Manuel optó por echarse en el sillón del living a ver televisión. Probablemente no había
escogido la actividad más constructiva, pero resulta que, por lo menos, había
tomado la decisión de ver televisión y no tenerla prendida sólo para sentir
algún sonido distinto al de sus sollozos.
Hacía algún tiempo ya, había comprado una colección en dvd de una
serie que uno de sus amigos ñoños le recomendó enfáticamente. Pero ahí había
quedado, tirada en un estante juntando polvo durante meses. Hasta ese día en
que, con el control remoto en una mano y una lata de cerveza en la otra, Manuel
se lanzó a lo que sería una maratón de animé. Sin embargo, y a pesar que le
bastaron no más de 5 minutos para engancharse con la trama y con los increíbles
robots de combate animados, poco le duró la maratón, pues justo cuando el
asunto se ponía interesante, el sonido de su teléfono celular interrumpió de
golpe la magia.
“Manuel, me he estado
acordando harto de ti. ¿Cómo has estado? Me gustaría que nos juntáramos un día”, decía el
mensaje de texto enviado por Lorena, una amiga en común que tenía con Gloria.
Al leerlo, Manuel sintió que ese mensaje no era una simple casualidad.
“¿Puedes mañana?”, le respondió
de inmediato, usando la obsoleta mensajería de texto.
La respuesta tardó en llegar, lo que desesperó un poco a Manuel, para
quien era archisabido que Lorena se negaba sistemáticamente a tener un celular
inteligente, aun cuando le quitaba fluidez a la comunicación.
“En el lugar de siempre a
las 7”.
Manuel sonrió al ver la respuesta. El solo hecho de pensar que podría
tener alguna noticia acerca de Gloria mejoró de inmediato su ánimo. Así, con su
nueva disposición, volvió a su sillón y presionó el botón play para darle vida
nuevamente a los poderosos mecha
japoneses.
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