jueves, 26 de julio de 2012

La Hoja en Blanco II

Han pasado algunos días desde que Manuel se dio cuenta del hoyo en el que había caído, pero aún no logra vislumbrar una salida. Se siente perdido, solitario y asolado por la pérdida de todo cuanto tenía y amaba: la creatividad, su imaginación, al amor de su vida, la pasión por escribir y, en menor medida, bastante dinero.


Durante varias noches, el pobre hombre transformó al alcohol en su única compañía, ya que no sabía a quién más recurrir. Le avergonzaba recurrir a su familia, y sentía que, de alguna forma, había ahuyentado a sus amigos (los de verdad, no los de cartón que sólo se aprovecharon de su fugaz éxito), por lo que tampoco podía ir con ellos a llorar sus penas.
A Manuel le resultaba difícil de explicar como había llegado a transformarse en un despojo de lo que alguna vez fue, pero era aún más difícil comprender el por qué no hacía el más mínimo esfuerzo por levantar cabeza. Cuando decidió intentar regresar con Gloria sintió algo parecido a una renovada determinación, pero ésta se esfumó rápidamente con el correr de los días. Ni siquiera se había animado a escribirle un mísero correo electrónico. Sólo se contentaba con mirar las fotografías de ambos que estaban guardadas en su computador y lamentarse por haberla perdido. Y con ella haber perdido todo.
En el pasado los sueños fueron una constante fuente de inspiración para Manuel, pero como últimamente se acostaba borracho, éstos no llegaban con facilidad. Incluso eso lo había abandonado. Sin embargo, un día se cansó de andar lloriqueando y deambular por su departamento y decidió dormir temprano, dejando su insana rutina de beber cada tarde hasta perder por completo la sobriedad. Es extraño afirmar si de eso salió algo bueno o no, pero el caso es que tuvo un sueño. No fue grato, la verdad, pues en éste algo malo les ocurría a él y a Gloria, pero curiosamente le produjo un cambio positivo al despertar, tal vez por el simple hecho de poder recordar un sueño, aun cuando hubiese sido una pesadilla.
Aquel día, cansado de intentar en vano dar vida a un nuevo escrito, Manuel optó por echarse en el sillón del living a ver televisión. Probablemente no había escogido la actividad más constructiva, pero resulta que, por lo menos, había tomado la decisión de ver televisión y no tenerla prendida sólo para sentir algún sonido distinto al de sus sollozos.
Hacía algún tiempo ya, había comprado una colección en dvd de una serie que uno de sus amigos ñoños le recomendó enfáticamente. Pero ahí había quedado, tirada en un estante juntando polvo durante meses. Hasta ese día en que, con el control remoto en una mano y una lata de cerveza en la otra, Manuel se lanzó a lo que sería una maratón de animé. Sin embargo, y a pesar que le bastaron no más de 5 minutos para engancharse con la trama y con los increíbles robots de combate animados, poco le duró la maratón, pues justo cuando el asunto se ponía interesante, el sonido de su teléfono celular interrumpió de golpe la magia.
“Manuel, me he estado acordando harto de ti. ¿Cómo has estado? Me gustaría que nos juntáramos un día”, decía el mensaje de texto enviado por Lorena, una amiga en común que tenía con Gloria. Al leerlo, Manuel sintió que ese mensaje no era una simple casualidad.
“¿Puedes mañana?”, le respondió de inmediato, usando la obsoleta mensajería de texto.
La respuesta tardó en llegar, lo que desesperó un poco a Manuel, para quien era archisabido que Lorena se negaba sistemáticamente a tener un celular inteligente, aun cuando le quitaba fluidez a la comunicación.
“En el lugar de siempre a las 7”.
Manuel sonrió al ver la respuesta. El solo hecho de pensar que podría tener alguna noticia acerca de Gloria mejoró de inmediato su ánimo. Así, con su nueva disposición, volvió a su sillón y presionó el botón play para darle vida nuevamente a los poderosos mecha japoneses.

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