domingo, 2 de septiembre de 2012

Stingram OVAx01 (1a parte)

En el II Capítulo de la Hoja en Blanco, Manuel intentó salir por unos minutos de su existencia lineal y sin sentido sentándose frente al televisor para ver una serie de animé que había comprado algún tiempo atrás. A pesar que le habían recomendado entusiastamente que la viera, el deprimido escritor la tenía guardada en una repisa, acumulando polvo y olvido, como todo a su alrededor. De haber sabido lo que se estaba perdiendo, Manuel no habría tardado tanto en retirar el nylon que cubría el set de DVDs, abrir la caja del volumen 1 e insertar el disco en el reproductor. Y no sólo por la animación de primer nivel y mechas de extraordinario diseño, sino también por las curiosidades que aparecerán en pantalla a medida que la trama avance. Trama que empieza así:


STINGRAM
El vuelo de prueba
Episodio 1


Pacífico Sur. El portaviones Nobunaga navega apaciblemente y, en apariencia, sin rumbo fijo, buscando un punto ciego en la intrincada red de satélites que rodea al planeta Tierra. Labor compleja, pero no imposible, según el teniente Tamagusuku, oficial a cargo de las comunicaciones del buque.
Oculta entre los aviones estacionados sobre la cubierta de la embarcación, una muchacha observa pensativa hacia el horizonte. La brisa del mar agita su cabello claro y sus mejillas enrojecidas por el sol resaltan los rasgos de su rostro alegre y jovial. Pero su habitual sonrisa ha sido remplazada por una expresión seria, preocupada. No puede dejar de pensar en Kiyoshi y su prueba de vuelo.
—Ahí estás, Hina—. La voz de otra joven a sus espaldas interrumpió sus cavilaciones—. Te he estado buscando por todas partes.
—¿Ah? Hola, Hiyori —respondió Hina con entusiasmo, abandonando su actitud contemplativa—. ¿Qué ocurre?
—Querías que te avisara cuando fuera a comenzar la prueba de vuelo, ¿no es así? Ya  están casi listos.
Hina asintió con la cabeza, sonriendo amablemente. Sin embargo, algo en su actitud evidenciaba su turbación.
—Estás preocupada por él, ¿cierto? —preguntó Hiyori, que siempre parecía saber lo que pasaba por la mente de la joven.
—Nada de eso —mintió Hina—. Kiyoshi ha volado cientos de veces, no veo por qué habría de preocuparme ahora.
—Eres pésima mintiendo, Hina —afirmó Hiyori con una sonrisa, rodeando los hombros de su amiga con un brazo—. Vamos a verlo.
Las jóvenes se introdujeron en las entrañas de la embarcación rumbo al hangar donde se guardaba la nueva máquina que en minutos iba a despegar por primera vez. El lugar estaba lleno de mecánicos que iban y venían afinando los últimos detalles, mientras los ingenieros recopilaban y analizaban los datos que arrojaban los computadores que monitoreaban el procedimiento. 
La entrada al hangar se encontraba en el nivel inmediatamente inferior a la cubierta. Desde allí se desplegaba una amplia plataforma en cuyo centro, cerca del ascensor, se alcanzaba a vislumbrar la parte más alta del prototipo: una cabeza metálica gigante. Desde allí, las chicas tomaron el elevador y bajaron un par de niveles.
—Mira, allí está —dijo Hiyori señalando con el dedo al piloto de la máquina—. Debieras ir a desearle suerte.
—No la necesita, él es el mejor.
—No seas tonta, es tu oportunidad para hablar con él.
Una vez que abandonaron el ascensor, en el nivel ubicado a la altura de la cabina de la enorme máquina, Hiyori le dio un empujón a su amiga para que se acercara Kiyoshi. Hina miró hacia atrás con expresión de reproche, decidida a no avanzar, pero el traspié que dio después del empujón ya había llamado la atención de los presentes, entre ellos, el piloto, que se quedó inexpresivamente mirando a la muchacha. A pesar de lo incómoda que era la situación, Hina se dio cuenta que ya era demasiado tarde para echarse atrás, así que se armó de valor y se acercó a él.
—Hola, Kiyoshi-san —fue lo único que atinó a decir.
—Hola —saludó él con seriedad.
—Quiero darte esto, te traerá suerte.
Hina sacó del bolsillo de su chaqueta un amuleto que ella misma había hecho y se lo entregó al joven piloto.
—Gracias, Hina-kun.
A pesar de la tosca respuesta, la joven quedó helada por el solo hecho de darse cuenta que Kiyoshi recordaba su nombre. No sabía realmente qué significaba eso, pero para ella era muy importante.
Kiyoshi, sin prestarle mayor importancia al episodio, al menos en apariencia, tomó su lugar en la cabina de mando ubicada en el pecho del gigantesco robot que estaba a punto de volar por vez primera y comenzó a familiarizarse con los nuevos comandos. Cuando la compuerta de la cabina se cerró, una gran excitación se apoderó del ambiente. En el interior se encendieron las pantallas que permitían al piloto tener una visión panorámica, compensando la ausencia de ventanas. Al frente se abrió un recuadro en la que aparecía el rostro del teniente Tamagusuku y debajo se podía leer su nombre y grado.
—Estamos ingresando a la zona delta —informó el oficial de comunicaciones.
Luego, más abajo, en una ventana similar apareció el ingeniero jefe, a cargo de la misión de prueba, informando que estaba todo listo para el despegue.
Kiyoshi estaba ansioso, su respiración estaba un poco agitada y su pulso era más alto de lo normal, según podía ver en las lecturas de sus signos vitales. Recordó fugazmente la primera vez que voló un Stingram y lo nervioso que estaba en el momento de encender los jets. La sensación era similar a la de ese momento tan especial, a pesar de ya estar familiarizado con ese robot después de haber llevado a cabo con éxito las pruebas en suelo firme. 
Cuando las coordenadas de la zona delta aparecieron en la pantalla, Kiyoshi supo que el momento había llegado. Estaba listo el trazado y los límites que no debía cruzar por ningún motivo. Activó uno por uno los jets ubicados en la espalda, pies y brazos del robot, probó los estabilizadores de vuelo y empuñó y abrió las manos para comprobar que todo funcionaba correctamente. 
La apertura de la compuerta de cubierta dejó entrar en el hangar la luz del sol y reveló el magnífico azul del cielo. “Todo despejado”, fue lo último que Kiyoshi escuchó antes de presionar los botones de los mandos de repulsión y de los reactores ubicados en la pedalera del suelo. La enorme máquina salió disparada a gran velocidad alcanzando en pocos minutos una altura tal que hizo que el Nobunaga se viera como un pequeño punto en el mar.

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