martes, 19 de junio de 2012

La Hoja en Blanco

Una hoja en blanco, ya sea en papel o en un procesador de texto, debe ser una de las más grandiosas aventuras a las que se puede ver enfrentado un escritor. Porque la hoja en blanco es el inicio, el punto de partida de la creación de nuevos mundos, universos completos que sólo existen en la cabeza del autor hasta que se plasman en la hoja, llenándola de vida y de instantes memorables. Por eso, me parece que la Hoja en Blanco es la mejor inspiración para comenzar este nuevo mundo que es Cráneos Revueltos.
Pero, ¿qué pasa si la hoja en blanco se convierte en pesadilla? ¿Qué pasa cuando la hoja en blanco despierta los peores temores de un escritor? Eso es lo que pasa con Manuel, el primer protagonista de este multiverso llamado Cráneos Revueltos.

LA HOJA EN BLANCO


La imagen se repite a diario. El cursor parpadea incesantemente sobre una hoja en blanco del procesador de texto. Debe ser una de las peores pesadillas que puede llegar a tener un escritor.
Esa pesadilla es, al menos, la que está viviendo Manuel en carne propia. Lleva tres meses sin escribir una sola línea y no ha entregado nada a la editorial en más de medio año. Y la situación es peor de lo que pudiera pensarse. Manuel ha pasado por épocas de sequía narrativa, pero las ideas siempre habían estado en su cabeza, sólo que, por diversos motivos, había estado impedido de plasmarlas en letras y texto. Era eso y ya, después tan amigo de las letras como siempre. Esta vez es distinto.
Su última novela había sido todo un éxito, tanto a nivel comercial como de crítica, pero de ello ya habían pasado casi dos años y la editora lo estaba presionando para obtener un nuevo acierto.
Manuel había amado su novela, había puesto todo de sí para lograr una obra de calidad y, lo más importante, una que él podía leer con auténtico agrado. Pero eso se terminó cuando ésta apareció en el listado de los diez más vendidos. Había conseguido su primer best seller y, al darse cuenta que se había convertido en un escritor de renombre, la fama se le subió a la cabeza. Llegado el éxito comercial dejó de publicar en el sitio web que le había abierto las puertas para darse a conocer entre el público, se fue de fiesta en fiesta y extravió la noción de la realidad. Gloria, su polola, se aburrió del nuevo estilo de vida a la que él la estaba arrastrando y, tras varias oportunidades, lo dejó. Fue entonces cuando la inspiración abandonó a Manuel por completo. Gloria era su musa y lo había abandonado, llevándose consigo su creatividad. Manuel aún la amaba y la extrañaba cada día, pero era incapaz de reconocerlo.
El televisor encendido era la única compañía que el escritor tenía en su departamento. Rara vez había sintonizado un programa interesante, pero Manuel ya no se molestaba en cambiarla. Le bastaba con poner de vez en cuando un dvd con alguna de sus series de animé, pero el resto del tiempo daba lo mismo si daban el noticiero o un reality show.
La verdad era que Manuel lo estaba pasando mal, pero era única y exclusivamente culpa suya. Ni siquiera buscaba consuelo en la música, insumo habitual a la hora de crear.
Esa noche, por alguna razón, aburrido como estaba, cogió una copia de Amnesia Azul y la miró con desprecio. Lo odiaba, detestaba ese libro, su libro, al que culpaba de su desdicha y de lo miserable que se sentía. Es cierto, Manuel sabía que estaba siendo injusto con su obra, ella no era en realidad la causante de su dolor, pero él necesitaba a algo o alguien a quien culpar. Repentinamente sintió una furia abrumadora y arrojó con violencia el ejemplar a la pantalla del televisor. Al caer al suelo, del interior del libro abierto sobresalió una hoja suelta. Contrariado por el hallazgo, Manuel cogió el papel y leyó lo que tenía escrito. “Te amo. G.” Era la letra de Gloria, de eso no cabía duda. Pero, ¿cuándo llegó esa nota allí? El ejemplar de la novela era relativamente nuevo y Manuel no había visto a su ex en meses, así que era muy poco probable que ella la hubiese puesto en ese lugar. Sin embargo, allí estaba, provocándole una punzada de dolor en el alma por cada una de las letras del mensaje. Por fortuna, la nota era muy breve.
El frustrado escritor recogió el libro del suelo y leyó la dedicatoria, lo que le arrancó más de una lágrima. Eran las mismas palabras que le había dicho a Gloria el día que supo que publicarían Amnesia Azul:
“A Gloria, la mujer que ha creado el mundo maravilloso en el que vivo.”
Manuel, en su faceta de escritor, era un verdadero creador de mundos, pero nunca había sido capaz de generar uno como el que su amada había armado a su alrededor. Era único, espléndido, lleno de inspiración. Por eso, al leer la dedicatoria, sintió que ese entorno fantástico en el que él se sentía pleno y lo inspiraba a crear se había desmoronado cuando Gloria se fue.
Entonces, Manuel se dio cuenta que había tocado fondo y ya no podía caer más bajo. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y se dirigió a la licorera, de donde extrajo una botella de whisky y vertió una medida de dos dedos en un vaso. Luego regresó a su computador y, tras mirar con desprecio el cursor brincando incansable sobre aquella estúpida hoja en blanco, abrió la biblioteca de música y seleccionó una canción. En ese momento, mientras bajaba de un trago el contenido de su vaso y con la desgarradora voz de Layne Staley interpretando “Down in a hole” como banda sonora, decidió que tenía que recuperar ese mundo destruido a como diera lugar… aunque eso significara tener que arrastrase ante Gloria y suplicarle que volviera a su lado.

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